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Inferno
¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza! Divina Comedia. Dante Alighieri.
Hay voces que aseveran que el infierno es la repetición infinita de determinados gestos, como despertar cada mañana sin nadie entre las sábanas, certificar tu ausencia en todos los rincones de la casa, desayunar sin tu sonrisa frente a mí, ir al trabajo con la oscura convicción del inútil regreso porque al regreso tampoco vas a estar, ni tus canciones van a poner la nota de alegría necesaria que me permita escapar un día más a la locura.
Cualquier mesa es demasiado grande si uno come solo. No se puede conversar con los recuerdos.
Y la noche, la noche que alguna vez fue cómplice, la noche que acogió nuestras quimeras, la noche que nos condujo por calles nunca vistas y veló nuestro sueño entre vastas carreteras que siempre conducían, que nunca extraviaban; la noche que amparó los momentos más dulces hoy es tan sólo el testimonio de un vacío.
Y una vez más, como en una secuencia interminablemente repetida, dejarse arrastrar a la inconsciencia de los fármacos sin poder evadirse a la certeza de los días vencidos, de las tardes calladas, el incoloro deambular entre plazas olvidadas, los restos calcinados de los parques de otoño.
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